(Publicado originalmente en notas de facebook hace como 10 años)
Quizá uno de los mayores problemas de la juventud sea la creencia siempre soberbia de creer que se tiene la vida por delante. Demasiado tarde suele uno percatarse de la fragilidad de ésta afirmación y aunque siempre resulta doloroso, es asombroso lo rápido que se llega a olvidar de nuevo.
A mi me ocurrió cuando me gradué, me despedí jovialmente de mis compañeros, amigos y hermanos de colegio con la normalidad de un día más de estudios, con las promesas de mantener el contacto que uno siempre hace, pero confiando que la vida nos reuniría una vez más para ponernos al día, para celebrar nuestros éxitos y recordar nuestros pasados.
De todos ellos, a duras penas hablaba con cinco, de los cinco veía a dos y realmente eran reuniones casi anuales. Por eso, cuando uno de aquellos amigos queridos me llama, lo primero que siento es alegría, y siento la alegría en su voz, pero las noticias no eran buenas. Gerardo, Hampton, había muerto. Eso fue hace diez años, teníamos tres años de no vernos, él fue el último de quien me despedí la noche de la graduación, con el que me senté en la ceremonia, con el que competí para cuadrarme a la prima de Avendaño.
Gerardo se había ido y nunca más tendríamos la oportunidad de discutir como lo hicimos en once, cuando me decía que se iba a volver veterinario. Quien me conoce sabe que no puedo evitar entrometerme en todo y aún si terminan detestándome, lo que tengo que decir, lo voy soltando. Me parecía una estupidez pasar seis años en un colegio Técnico -Industrial para luego ir a estudiar medicina orientada a animales. Gerardo murió en una excursión con sus compañeros de la Universidad, no llegó a veterinario. Gerardo se había ido. Ya no íbamos a reunirnos en 2005, como lo habíamos prometido, a celebrar el centenario del colegio. Cuando regresé ése año al colegio, lo hice solo, sin ninguna pompa ni ceremonia. Se suponía que volveríamos todos, mirando a los estudiantes a la vez con orgullo y con soberbia. Así es como se pierde, la vida lo va bajando a uno de esas nubes.
Dolió mucho, pero pude al menos estar allí para despedirme, le dije a través del cristal, para que se llevara un nuevo sermón de mi parte, que se había dejado engordar, y de allí en adelante sólo pude llorar, es especial cuando algún miembro de su familia llegaba a saludarme y recordarme qué tan parecidos estábamos en ése momento.
Pero es peor cuando nos toman por sorpresa, es peor cuando nadie te cuenta. Es peor cuando juras que alguien que quieres mucho se encuentra bien, sano, creciendo. Gerardo era de mi edad, ahora que bordeo los 30 quizá puedo asimilar que se ha ido, que ya no está. La vida me trajo a esta hermosa labor de enseñar y aún cuando uno para los muchachos no es más que un latoso, ellos en la mente de uno son promesas, son potencial, son energía pura capaz de conquistar lo que sea, ellos lo enterrarán a uno, ellos verán nuestro ocaso cuando aún no irradien toda su luz. Así debería ser, así y no de otra forma.
Yuri se fue. Al igual que Gerardo, lejos de casa y en medio de la alegría de un paseo. Al igual que él, ella era brillante, inteligente, hermosa. Uno no presiona a los exalumnos a que regresen a saludar, principalmente porque espera que pase más tiempo, cinco años como mínimo para que tengan mucho que contar y podamos disfrutar más del reencuentro. Por eso nunca le dije a ella que me parecía una estupenda persona, que aunque no había estado jamás en mi aula, la veía de lejos y esperaba grandes cosas de ella.
No pude llorar a Yuri y lamento que así haya sido. Quizá no haya sido el único que fue tomado por sorpresa, quizá alguno llegue a enterarse mientras lee esta nota, y lamento si así ha sido, pero considero que es mejor así que nunca llegar a saberlo.
Descansa en paz pequeño ángel, dale mis saludos en el más allá a los otros que han partido, dale las gracias a Gerardo por haberme inspirado todo éstos años para ser mejor persona y cuida a tus compañeros quienes deben sufrir tu ausencia, inspíralos a crecer, a aprovechar el tiempo que tienen en la tierra y ayúdanos siempre a recordar que la vida es frágil y que si se desea decir algo, es mejor no esperar mucho. Mis queridos exalumnos, aprovecho para recordarles, que espero siempre saber de ustedes, que les quiero y deseo que el éxito sea su faro.
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